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En la «Revista Astronómica» de la AAAA correspondiente a mayo y junio de 1939, escribía el jesuita Padre Ignacio Puig: “Estamos en condiciones de afirmar que entre los astrónomos que ya pasaron a mejor vida, el primer astrónomo argentino, así por su antigüedad como por sus prolongados trabajos astronómicos, es el jesuita Padre Buenaventura Suárez, nacido en la ciudad de Santa Fe, Argentina, en el año 1679…” Buenaventura Suárez, es una de las figuras más prominentes y simpáticas en la historia de las ciencias matemáticas, era argentino nacido en Santa Fe el 14 de junio de 1679 y sus padres se llamaban Antonio Suárez y María Garay —sobrina de Juan de Garay, fundador de la ciudad de Santa Fe y la definitiva Buenos Aires—. Ingresó en la Compañía de Jesús en 1695, a los dieciséis años y ordenado sacerdote a la edad de veintidós años, en 1706 ya era sacerdote en el pueblo de San Cosme. Jamás estuvo en Europa. Todos sus estudios los cursó en el colegio que los jesuitas tenían en Santa Fe, su ciudad natal, y en Córdoba, en cuya universidad aprendió las ciencias filosóficas y naturales. Fue un criollo que, por el ambiente científico en que se formó, y por los maestros con que contó y por los libros que estuvieron a su disposición, llegó a realizar observaciones y estudios que fueron justamente admirados, ponderados y editados en los centros culturales de Europa, y hasta en la exigente Universidad de Upsala. El principal campo de sus trabajos apostólicos y científicos fué la reducción guaranítica de San Cosme y San Damián, situada a orillas del Alto Paraná en donde residió casi siempre en 1706 a 1739, o sea por espacio de 33 años. Por razón de su delicado estado de salud, Suárez fue destinado sucesivamente a varias poblaciones, como Candelaria, Corrientes y Santa María la Mayor, en donde murió el 24 de agosto de 1750 a los setenta y un años de edad. En estos traslados llevaba consigo el instrumental astronómico y proseguía con el mismo interés sus observaciones. Este infatigable misionero llegó a ser astrónomo eminente, porque a una gran afición a la astronomía juntaba una no común habilidad de observador y mecánico, pues es de saber que careció de maestros y, aún la mayor parte de su vida, de instrumentos fabricados por profesionales. Por esto en la labor astronómica de Suárez podemos considerar dos etapas: una corre del año 1706 a 1745, en la que no contó con otros instrumentos que los fabricados por él y por los indios bajo su dirección, fecha en que publicó su «Lunario de Un Siglo», y la transcurrida desde 1745 hasta su muerte en 1750, en la que pudo servirse de instrumentos traídos para él desde Europa. Las «Cartas Anuas» de 1750, al consignar su necrología, dicen lo siguiente: “Fue el Padre Buenaventura de genio amable, prudencia y juicio asentado, habilísimo para cualquier cosa a que se aplicase, y alcanzó su instrucción y con solo su capacidad, genio y aplicación, muchas materias matemáticas, incansable en las observaciones, hizo instrumentos matemáticos, anteojos de larga vista, relojes de péndulo largo, imitando a los ingleses sólo por haberlos visto y registrado, para sus observaciones…” El jesuita, Padre José Sánchez Labrador, contemporáneo suyo, al hablar en su libro inédito «El Paraguay Natural» sobre los cristales y sus usos, escribe: “Cuando los cristales de roca son de buena agua y claros y sin manchas, pueden servir para hacer lentes de anteojos; efectivamente el Padre Buenaventura Suárez, misionero de los indios guaraníes, los labró muy buenos e hizo algunos anteojos muy claros…” Y agrega Sánchez Labrador: “El Padre Buenaventura Suárez, por espacio de cinco y más años, sacó puntualmente la longitud del pueblo de San Cosme y San Damián de las misiones guaraníes. Después de sus observaciones de las inmersiones y emersiones de los satélites de Júpiter, y de las que al mismo tiempo en Petrópolis hizo el Sr. Nicolás de la Isle, concluyó que la longitud de dicho pueblo desde la Isla de Fierro es la que pusimos, esto es, 321 grados, 45 minutos.” El mismo Suárez, en la introducción a su «Lunario» publicado en 1744, proporciona algunos otros detalles: “No pudiera haber hecho tales observaciones —escribe— por falta de instrumentos (que no se traen de Europa a estas provincias por no florecer en ellas el estudio de ciencias matemáticas) a no haber fabricado, por mis propias manos, los instrumentos necesarios para dichas observaciones, cuales son reloj de péndulo, con índices de minutos primeros y segundos; cuadrante astronómico para reducir, igualar y ajustar el reloj a la hora verdadera del Sol, dividido cada grado de minuto en minuto; telescopio o anteojo de larga vista de sólo dos vidrios convexos, de varias graduaciones desde ocho a veintirés pies. De los menores de ocho, y diez pies, usé en observaciones de los eclipses de Sol y Luna, y de los mayores de trece, catorce, dieciséis, dieciocho, veinte y veintitrés pies, en las inmersiones de los cuatro satélites de Júpiter, que observé por espacio de trece años en el pueblo de San Cosme, y llegaron a ciento cuarenta las más exactas…“ El Padre Domingo Muriel, último provincial del Paraguay, inserta el siguiente elogio del Padre Suárez en su obra titulada «Rudimenta juris naturæ», publicada en 1791: “El celebrísimo astrónomo Vargentin, después de dar las 800 observaciones hechas por varios matemáticos en diversas partes del mundo sobre la inmersión y emersión de los satélites de Júpiter y de las cuales se ha servido para formar el sistema y tablas de los períodos de estos satélites, cita las observaciones hechas por el misionero Buenaventura Suárez en la pequeña población de San Cosme y San Damián, y prefiere por su exactitud a todas las observaciones de los astrónomos de París; Londres; Petesburgo y Pekín, las que hizo Suárez en el Paraguay con la sola ayuda de los telescopios, cuadrantes y relojes oscilatorios ideados y fabricados por él mismo. El mismo Vargentin dice: ‘Los eclipses de Sol que el Padre Suárez observó y anotó en el Paraguay en la reducción de San Cosme, las cito con muchísimo placer; no sólo porque son hermosas y concuerdan entre sí maravillosamente, sino también porque no se han publicado: a mí me dió una copia de ellos el citado Celsio, que los sacó de un manuscrito que se había procurado en sus peregrinaciones’. A las observaciones de Suárez agregan precio su escasez y la particularidad de los sitios donde las hizo y en las cuales jamás hubo otros aparatos que los confeccionados por Suárez con su propio talento sin muestra y sin maestro…“ Hasta aquí el Padre Muriel. Siguiente: Padre Buenaventura Suárez (2)
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